jueves, 13 de abril de 2017

La terapia de escribir.

Varias veces me dije que debía, así como lo hice con el parto de León, escribir sobre el accidente donde, por poco, pude morir. Uno nunca sabe cuándo le va a llega la inspiración, o la revolución mental y emocional que lo impulsa a escribir sobre algo con vehemencia. Como sacándose un veneno de adentro. Y seré breve, ese día el accidente fue mi culpa, enteramente mía. Loca, insensata, inconsciente, actuando desbocada por mis emociones, me subí en esa moto un domingo por la noche, en la semana de Fiestas de Independencia de Cartagena en 2011, con la intención de ir desde Turbaco a La Heroica.

Subí en esa moto sin verificar placa, y con una presión en el pecho que me acompañó todo el viaje, por miedo a que me pasara algo. A la altura de la circunvalar, cuando ya comenzaba a respirar más tranquila, el hombre me sentenció con una frase agresiva: “Me das tus cosas o te pego un tiro”, y se desvió del camino, tomando la vía para el terminal de transportes. Me quité el casco y lo agité en el aire tratando de llamar la atención, pero no había nadie a quien pedir ayuda por ahí.

Desde mucho tiempo antes me había preparado mentalmente para un momento como ese. Tenía claro lo que tenía que hacer ante una situación así, y lo hice. Respiré hondo, y me tiré hacia el lado izquierdo de la calle. Después todo es negro. No recuerdo más, y tratar de imaginarme me acongoja un poco. Ese día llevaba puesto mi vestido favorito, mi mamá, no sé con qué plata me lo había comprado, para que estuviera mejor vestida y cosas así. Uno de esos que venden en la calle de la Moneda, que son blancos con franjas de flores, y que también se usan como falda.

Muchos me decían que debí tirar al tipo conmigo, pero creí que eso significaría un enfrentamiento con él, y preferí tirarme sola. No sé cuánto tiempo estuve revolcada en el piso, ni cómo fue posible que inconscientemente, me levantara con la ropa sucia, sangrando por la cabeza y un oído, que pudiera llegar al punto donde se cogen los buses para ir a Turbaco, meterle la mano al bus, subir, y pedir la parada en el lugar correcto, sin que nadie diera cuenta de mi estado. No recuerdo nada, lo sé porque logré llegar a mi casa, y lo demás es historia… Recuerdo cuando abrí los ojos la mañana siguiente, en una camilla de la clínica Madre Bernarda.

El médico dijo que estaba viva de milagro, mi cerebro rebotó dentro de mi cabeza.


Escribir es una linda terapia, gracias por leerme.

1 comentario:

  1. Me llegó la notificación al correo el día que lo publicaste pero hasta ahora lo leo. Estaba borrando correos viejos y me encontré con el. Bonito leerte Steffy, no sé si seguirás escribiendo en otro lado. ¡Un abrazo!

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