domingo, 17 de julio de 2016

Cómo parí un León

El reloj de la habitación marcaba las 6:20 de la mañana. Los médicos debían actuar con rapidez. Cinco jóvenes más se retorcían y gritaban desesperadas en las camillas de la habitación contigua. La médica, agobiada pero llena de energía, me indicó que abriera bien las piernas. Estaba al otro extremo de la camilla, frente a mis piernas abiertas en ángulo de ciento cincuenta grados. Haciendo señas me dijo: “baja”, (queriendo decir que me acercara a ella). Bajé. “No cierres las piernas, baja más”. Lo hice. “Más”. Me acerqué más, con las piernas abiertas, sin quejarme, con determinación. “Eso, ahí”, dijo satisfecha. Se sentó en una silla alta, al nivel
de mi vagina.


Mientras tanto, una joven en la camilla junto a la mía empezaba a pujar. No quise verla, ya me encontraba bastante fastidiada, molesta, incómoda. La atendía el médico que me había llevado agarrada de un brazo, marcando el paso con líquido amniótico por el pasillo, con la serenidad que da la experiencia, a la habitación donde me encontraba. El lugar era rectangular, de paredes blancas, con dos camillas y una mesita con utensilios médicos entre las dos.

La chica junto a mí pujaba sin éxito, el médico empezaba a perder la paciencia. Yo miraba en silencio a la doctora frente a mí, quien se colocaba los guantes al mismo tiempo que daba indicaciones a las enfermeras practicantes.

Me agarró por los labios vaginales con sus dedos fríos dentro. Sentí que quería dilatarme a la fuerza. Me sujetaba con firmeza haciendo espacio para ver mejor. Quise quejarme, era como si buscara un carrito en una gran caja de juguetes, como si apartara un par de cortinas para entrar en una habitación. 


El estrés, me había hecho olvidar que tenía la dilatación suficiente, pensaba que mi cuerpo conservaba las proporciones usuales, y no que tenía una abertura de ocho centímetros. Arrugué el rostro y me contuve. Miré el techo. Aguanté. No había marcha atrás.“¡Puja!” Me ordenó, y agarrándome de las barandas de la camilla, hice toda la fuerza que pude.

Me interrumpió. Se levantó de la silla y dijo: “¡No pujes con la garganta, hazlo como si estuvieras haciendo popó!” Lo hice, pero no funcionaba “¡Qué pasa con las contracciones nena!”, dijo impaciente. Me indigné ¿Qué le pasa?, ¿qué voy a saber yo de las contracciones? Me indicó pujar nuevamente. Empezó a funcionar. Pujé desinhibida. Con tanta constancia, fuerza y empeño, que en dos minutos escuché a la médica decir con alegría “¡ya está saliendo la cabeza!”. Fue cuestión de segundos para sentir que el resto del pequeño cuerpo de bebé, salía del mío como un cordón lleno de nudos por el ojal de un zapato.



Descansé. Me sentí llena de júbilo. Satisfecha. Por fin había terminado todo. Solo quería estar con mi mamá y al papá de mi hijo. Poder dormir. Me derrumbé sobre la camilla y miré a la derecha. Buscaba a mi bebé con la mirada. Las practicantes lo atendían dentro de un recipiente transparente. Estaba cubierto de una sustancia blancuzca.Temblaba.


Junto a una mujer que acababa de llegar, la doctora me explicó que debía arquear mi espalda. Estaba sucia. Había restos de placenta, sangre y mierda bajo mi torso. Una sensación viscosa horrible. Con la misma sábana que forraba la colchoneta de la camilla limpiaron todo y me secaron la espalda.

En tono maternal, la doctora me advirtió que no habíamos terminado. Mi paz no duró mucho tiempo. “Cuando expulsaste al bebé, tu vagina se rasgó. Ahora debo coger algunos puntos”.

Quise gritar. Estaba desesperada por salir de ahí e ir a descansar. “No te preocupes mi niña, ya pasaste lo más doloroso”, “esto no va a demorar mucho” dijo para reconfortarme. No fue cierto.

Soporté una puntada. El hilo halaba mi piel en la zona del perineo, entre la abertura vaginal y el ano, de un lado a otro. Me cosía con fuerza. A la tercera puntada, brotaron las lágrimas. El parto no me había dolido tanto como esa aguja. Empecé a preguntar con insistencia si ya habíamos terminado. “Ya vamos a terminar, falta poco”, me decía siempre la doctora. Intenté relajarme y miré a la derecha nuevamente. Mi bebé ya no estaba. ¿Dónde está mi bebé? pregunté adolorida. “Lo fueron a vestir, no te preocupes. Ya lo traen”.

Una vez terminó de coserme, las practicantes trajeron mi ropa: una bata y pantuflas con florecitas verde biche estampadas en un fondo blanco, que Juan Diego (El padre de mi hijo) y yo compramos un par de semanas antes. Me pidieron extender mis brazos hacia los lados para deshacerse de la bata quirúrgica. Luego los tomaron y metieron por los agujeros de la bata. Me dejé vestir como una muñeca de trapo, y volví a derrumbarme sobre la camilla.

Enseguida trajeron a mi bebé. Estaba colorado. Vestía su conjunto blanco con bordes verdes, gorro y manoplas. Aún no abría sus ojos. Lo acomodaron entre mis piernas y nos sacaron de ese cuarto en el fin del mundo. Atravesamos el largo pasillo y las compuertas por las que había entrado a la zona de partos. Nos dejaron recostados a una pared mientras se desocupaba una habitación. Mi hermano mayor nos recibió allí. Le habló al bebé, y luego preguntó cómo estaba yo.




— Cansada, dije casi obligada.
— ¿Y mi mamá? pregunté
— Bajó un momento para que yo pudiera subir
— ¿Y Juan Diego?
— No sé, no está.
— Llámalo, por favor. Dile que nació León.

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