La gente no me cree un comino. “Cómo vas a estudiar ahí Steffy, seguro pasas levantando la cabeza, a uno le cae la miradera, no se puede leer ahí”, dicen algunos en tono incrédulo. Pero, qué va, cada quien tiene sus métodos, ¡a mí me ha funcionado!, por eso lo hago.
Este
jueves que pasó, después de salir de la oficina a las seis de la tarde, inicié
mi ritual vespertino pre-lectura. Compré un granizado de café con cruasán -gano
puntos por eso, y es una tontería de esas que lo hacen a uno feliz-, e inserté el
pitillo en el vaso de plástico mientras caminaba a la zona de comidas del
centro comercial.
Busqué
la esquina más alejada de las personas, y lejos de las salidas de aire acondicionado.
Descargué el morral pesado en una silla, saqué el portátil y lo coloqué sobre
la mesa. Terminé de comer y lo encendí.
Estuve
concentrada leyendo hasta las nueve y media. Tres carajos, o sea, tres niños,
decidieron jugar a las persecuciones violentas al lado mío. Levanté la mirada,
eran dos niños como de seis años, y una nena menor que ellos, como de cuatro.
No le ponían atención, pero corría siempre detrás.
Uno
de los niños tenía puesta una camiseta amarilla de la Selección Colombia. No sé
qué ocurre con ellos cuando usan una camiseta de la Selección, les aumenta el Ki,
o el Fuá, ¡algo les pasa!, las veces que mi hijo de dos años usa la suya, su
energía se multiplica, el cabello se le aplaca con el sudor. Es impresionante.
El
tema es, que lograron sacarme del aura mágica de concentración. Miré por todo
el lugar, buscando adultos a cargo de los niños. A esa hora la zona de comidas
está casi vacía, el panorama es desolador, como de película de Hollywood sobre
el fin del mundo, las personas siempre sobreviven escondidas en edificios,
laboratorios o bibliotecas.
Es
muy solitario, el personal del centro comercial acomoda las sillas, y los
empleados de los locales de comida hacen el arqueo de caja.
Allá,
al otro lado del lugar, tres mujeres reían a carcajadas mientras se
atragantaban con hamburguesas de McDonald´s. Alcancé a ver las cajitas rojas
con amarillo. Los carajos iban corriendo hacia las mujeres, y regresaban
masticando un bocado, esquivando sillas como esquivar carros en el semáforo del
SAO, para venir a joder al lado mío. No-jo-da.
Resignada,
los seguí con la mirada. Los dos niños mayores estaban frente a frente, los separaban un
par de sillas, una junto a otra. Se miraban a
los ojos en una actitud desafiante, esperando
que uno de los dos se moviera primero. Finalmente uno
echó a correr. En menos de un segundo, el otro, el que llevaba la camiseta de la Selección Colombia, separó las dos sillas, apoyó las manos en los espaldares de cada una, y se impulsó para saltar entre las dos. Era un gran Power Ranger.
Se alejaron de nuevo.
De todos modos ya es tarde, pensé. El portátil se había bloqueado, Caminé
alrededor de la mesa acariciando mi cabeza para relajarme, además no había
nadie viéndome.
Reflexioné sobre los brasieres, sobre la buseta a la que iba a subir,
Periodismo Cultural, y una nueva posible estrategia para estudiar. Rayos.
Mi abuela sugirió, un par de días después, que intente en casa, que
después de jugar con mi hijo un rato, le explique que debo estudiar. Tiene
sentido, lo intentaré cuando gane el tercer corte, es una vaina complicada.
Mientras tanto, para los otros que no me creen un comino, gané el
segundo corte estudiando allí. Ese rincón de la zona de comidas merece respeto,
y los niñitos Power Rangers son un caso aislado.
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