domingo, 30 de junio de 2013

La Vía Oscura Hacia mi Casa

La mayoría de las personas se encontraban aglomeradas en la plaza principal de Turbaco, tomando alcohol y bailando en medio del fandango en honor a San Pedro y San Pablo. En las afueras del municipio, donde yo vivo, estaba silencioso, se escuchaba de vez en cuando el ruido de los automóviles ir o venir por la vía húmeda. Hace un rato había caído sereno.

Regresaba de la plaza en un bus del recorrido Turbaco-Cartagena, con una arepa de huevo colgando de mi mano en una bolsa azul. El bus me dejó en la avenida, al otro lado de la calle, y tuve que cruzar la doble calzada. Mientras lo hacía, me percaté que no llevaba nada en mis bolsillos. Solo tenía una bolita de servilleta sucia de grasa, y un celular SAMSUNG que me costó $55.000 hace dos años.

Me detuve en la llamada esquina de “Los Nísperos”-por un estadero ubicado allí- y sólo vi un mototaxista desconocido. La situación era grave. Eran las diez de la noche, y la distancia hasta mi casa era de un kilómetro. Me dispuse a caminar, todavía revisando mis bolsillos por si acaso.

La carretera era oscura y solitaria. Algunas veces se iluminaba con los postes de luz, pero la claridad se extendía solo un par de metros en el suelo entre considerables distancias de oscuridad, lo que me hacía andar más rápido. 

A lado y lado de la vía, las grandes casas vacías, de historias de mafiosos que no sé si son ciertas, en las que jamás he entrado, y veo todos los días, hacían el paisaje más desolador. Caminaba muy rápido, estaba nerviosa. Sentía cómo se helaban mis antebrazos y mis dedos. Tenía la esperanza de que algún conocido apareciera y me acompañara.

Un hombre que aparentaba cuarenta años caminaba en sentido contrario, me alivié un poco. No estaba herido. Parecía que iba a trabajar. No podía pasarme algo a mí, pensé.

A mitad de camino, después de pasar algunas vallas publicitarias de un condominio, un motociclista bajó la velocidad y anduvo a mi ritmo, un poco más adelante que yo. Antes de ver su rostro, me alegré, tenía la esperanza de que fuera un amigo. Ocurrió lo contrario.
-“¿Te llevo?”
-“No”, Contesté por inercia. Me esforzaba por ver bien su rostro.
-“¿Tu no vas por la calle de Silvia?” Dijo con una Sonrisa expectante.
Era un muchacho delgado, de cabello rizado y corto, como engominado. De piel negra, solo veía sus ojos y su dentadura brillante.
-“No, no conozco a Silvia”. Fui cortante.
Me bembeó, dejó de insistir y aceleró. Suspiré profundo y aceleré yo también.

Pasé por un gran lote junto a una casa donde los propietarios se mecían en la terraza.- ¿Cómo es que pueden vivir allí? ¿No les da miedo un atraco, la aparición de un desquiciado en medio de tanta oscuridad? Pensaba.

Del lote sobresalía un árbol enorme que extendía sus ramas hasta el otro lado de la vía. Un aguacero con fuertes vientos hace dos semanas dejó muchas ramas sobre el camino, taponando uno de los carriles. La maleza del terreno me igualaba en altura, lo cual hacía este tramo el más oscuro e indeseado para mí en toda la carretera. Ni siquiera se veía la luna. 

Casi corrí mientras tenía ese lote diabólico a mi lado. Temía que apareciera una serpiente, o una persona con intención de robar –no conseguiría más que una arepa tibia y un celularcito- o violarme como los asesinos seriales de CSI.

Una vez salí de esos matorrales, todo seguía en calma. Nada me pasó. Llegué invicta al sector de las piscinas públicas. Ocho años atrás me bañé en una de ellas, y me aparecieron manchas blancas en la frente. Nunca regresé.

Avancé con más calma, ya podía escuchar el ruido de la televisión en una tienda cerca de mi casa. Escuchaba voces, ladridos, música, motocicletas. Entré a mi barrio y gradualmente dejé de sentir frío en mis brazos y mis dedos. Intenté serenarme, quise llegar a mi casa como si no hubiese estado asustada, como quien llega de la universidad, o de la casa de una amiga.

Balanceé la bolsa en mi mano al ritmo de mis pasos. Caminaba con tanto entusiasmo, que dejé caer la arepa que llevaba para mi mamá. Se salió de la bolsa y cayó en el asfalto. La recogí, y la dejé cerca de un perro flaco con ojos tristes que se acercó a olfatear. Lo saludé, y me alejé para que el animal se acercara con confianza.


En casa mi madre no me preguntó por qué llegué a pie, y no en moto. Pero sí preguntó por su arepa. Dije que yo la había comido, se indignó. Sin embargo, la historia del perrito triste le habría indignado más. Tuve que salir a comprarle otra cosa, y esta vez me aseguré, de echar dinero suficiente en mis bolsillos.

1 comentario:

  1. En verdad llegaste a asustarme con tu historia; no sé si sería por la hora en la que la he leído o que...me asusté en todo caso!!

    ResponderEliminar