La mayoría de las personas se encontraban aglomeradas en la
plaza principal de Turbaco, tomando alcohol y bailando en medio del fandango en
honor a San Pedro y San Pablo. En las afueras del municipio, donde yo vivo,
estaba silencioso, se escuchaba de vez en cuando el ruido de los automóviles ir
o venir por la vía húmeda. Hace un rato había caído sereno.
Regresaba de la plaza en un bus del recorrido
Turbaco-Cartagena, con una arepa de huevo colgando de mi mano en una bolsa
azul. El bus me dejó en la avenida, al otro lado de la calle, y tuve que cruzar
la doble calzada. Mientras lo hacía, me percaté que no llevaba nada en mis
bolsillos. Solo tenía una bolita de servilleta sucia de grasa, y un celular
SAMSUNG que me costó $55.000 hace dos años.
Me detuve en la llamada esquina de “Los Nísperos”-por un
estadero ubicado allí- y sólo vi un mototaxista desconocido. La situación era
grave. Eran las diez de la noche, y la distancia hasta mi casa era de un kilómetro.
Me dispuse a caminar, todavía revisando mis bolsillos por si acaso.
La carretera era oscura y solitaria. Algunas veces se
iluminaba con los postes de luz, pero la claridad se extendía solo un par de
metros en el suelo entre considerables distancias de oscuridad, lo que me hacía andar más rápido.
A lado y lado de la vía, las grandes casas vacías, de historias de
mafiosos que no sé si son ciertas, en las que jamás he entrado, y veo todos
los días, hacían el paisaje más desolador. Caminaba muy rápido, estaba
nerviosa. Sentía cómo se helaban mis antebrazos y mis dedos. Tenía la esperanza
de que algún conocido apareciera y me acompañara.
Un hombre que aparentaba cuarenta años caminaba en sentido
contrario, me alivié un poco. No estaba herido. Parecía que iba a trabajar. No
podía pasarme algo a mí, pensé.
A mitad de camino, después de pasar algunas vallas
publicitarias de un condominio, un motociclista bajó la velocidad y anduvo a mi
ritmo, un poco más adelante que yo. Antes de ver su rostro, me alegré, tenía la
esperanza de que fuera un amigo. Ocurrió lo contrario.
-“¿Te llevo?”
-“No”, Contesté por inercia. Me esforzaba por ver
bien su rostro.
-“¿Tu no vas por la calle de Silvia?” Dijo con una
Sonrisa expectante.
Era un muchacho delgado, de cabello rizado y
corto, como engominado. De piel negra, solo veía sus ojos y su dentadura
brillante.
-“No, no conozco a Silvia”. Fui cortante.
Me bembeó, dejó de
insistir y aceleró. Suspiré profundo y aceleré yo también.
Pasé por un gran lote junto a una casa donde los propietarios
se mecían en la terraza.- ¿Cómo es que pueden vivir allí? ¿No les da miedo un
atraco, la aparición de un desquiciado en medio de tanta oscuridad? Pensaba.
Del lote sobresalía un árbol enorme que extendía sus ramas hasta el otro lado de la vía. Un aguacero con fuertes vientos hace dos semanas dejó muchas ramas sobre el camino, taponando uno de los carriles. La maleza del terreno me igualaba en altura, lo cual hacía este tramo el más oscuro e indeseado para mí en toda la carretera. Ni siquiera se veía la luna.
Casi corrí mientras tenía ese lote diabólico a mi lado. Temía que apareciera una serpiente, o una persona con intención de robar –no conseguiría más que una arepa tibia y un celularcito- o violarme como los asesinos seriales de CSI.
Una vez salí de esos matorrales, todo seguía en calma. Nada
me pasó. Llegué invicta al sector de las piscinas públicas. Ocho años atrás me
bañé en una de ellas, y me aparecieron manchas blancas en la frente. Nunca
regresé.
Avancé con más calma, ya podía escuchar el ruido de la
televisión en una tienda cerca de mi casa. Escuchaba voces, ladridos, música,
motocicletas. Entré a mi barrio y gradualmente dejé de sentir frío en mis
brazos y mis dedos. Intenté serenarme, quise llegar a mi casa como si no
hubiese estado asustada, como quien llega de la universidad, o de la casa de
una amiga.
Balanceé la bolsa en mi mano al ritmo de mis pasos. Caminaba
con tanto entusiasmo, que dejé caer la arepa que llevaba para mi mamá. Se salió
de la bolsa y cayó en el asfalto. La recogí, y la dejé cerca de un perro flaco
con ojos tristes que se acercó a olfatear. Lo saludé, y me alejé para que el
animal se acercara con confianza.
En casa mi madre no me preguntó por qué llegué a pie, y no
en moto. Pero sí preguntó por su arepa. Dije que yo la había comido, se indignó.
Sin embargo, la historia del perrito triste le habría indignado más. Tuve que
salir a comprarle otra cosa, y esta vez me aseguré, de echar dinero suficiente
en mis bolsillos.
En verdad llegaste a asustarme con tu historia; no sé si sería por la hora en la que la he leído o que...me asusté en todo caso!!
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