domingo, 15 de diciembre de 2013

Una de esas divagaciones


A veces, como en dos o tres oportunidades al día, caigo en cuenta del tiempo. Siento que todo se esfuma. 
‘Esfumar’. Recuerdo que a mis diez años, o antes, yo pensaba que la palabra correcta era ‘ESPUMAR’, de espuma. Tenía sentido para mí, la espuma se va flotando por ahí al soplarla. 

¡ESPÚMATE! Escuchaba decir a las arpías de las telenovelas que veía mi abuela por la tarde. Un día, no sé cómo, me di cuenta que no era así. 

Es-FÚ-ma-te, es-FÚ-ma-te. 

Nunca mencioné nada sobre eso. En otra ocasión, sí exterioricé con mi hermano mayor, a la hora del almuerzo, lo que pensaba sobre los bananos. 

Yo juraba, por su textura y color, que de alguna forma, estaban hechos de leche condensada.  Yo sabía que crecían en plantas, pero en mi mente, siempre creí que algo tenían que ver con la leche condensada.  Mi hermano se rió en mi cara. 


También tengo historias para los carros, las circunvalares, los condones y el fémur, pero adonde quiero llegar es que: todo se ESFUMÓ. Siento que los momentos se me van, que se escapan y ¡UNO NO PUEDE HACER NADA! Como cuando Joel, interpretado por Jim Carrey, en ‘El Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos’ corre para salvar sus memorias mientras las borran de su mente. 

León, mi hijo de un año me mira a los ojos, con los suyos tan oscuros y profundos. Me sonríe, intenta darme besos sonoros, y mientras aprende, llena de saliva mi mejilla. Lo tengo en mis brazos, me mira, me besa, corre, grita, baila, llora, y cuando me doy cuenta, ya todo ha pasado, las cosas pasan delante de mí como bailando, para luego terminar de desaparecer. Entro en una corta crisis dentro de mí. 

¿Cuándo fue la última vez que sostuve su cabeza, porque él no podía sostenerla por sí mismo? ¿Cuándo fue a última vez que yo miré a mi madre con tanto amor? ¿Cuántas veces más podré escucharlo decir ‘Tinguitinguitingui’? ¿Cuántas veces más me mirará con adoración, y no podré guardar ese instante en algún sitio, para revivirlo cuando deje de hacerlo?

El tiempo… 

Ya no me baño en la lluvia, la veo caer y pongo baldes en el chorro del patio. No voy al colegio, y era lo máximo, la monja tenía razón. Ya no me desenredo el cabello fuera del baño, utilizo mis dedos y el acondicionador en la ducha. No manejo bicicleta, pero aspiro a hacerlo con mi hijo en unos años. No uso medias, no me gusta. No me tiro en los pasillos de la universidad, ahora paso por ahí a toda prisa. Estoy envejeciendo, y todavía tengo veintiun años ¿Qué estaré haciendo en diez? Ojalá teniendo buen sexo. No mentiras, bueno si. 

Ya se fue la mini crisis, creo que es la navidad. Las estúpidas canciones navideñas de Diomedes Díaz, del año nuevo, la gente que se va…    
                     
Bueno, ¡ESPÚMENSE!                          

  VVF CVVG NNNNNNNNNN BC                               V                            B    B                     <<<<<<<<<<      M,,,L-,  ………              (Cortesía de León)  
             

lunes, 16 de septiembre de 2013

Un Detalle no tan Pendejo

El sábado 14, el día de la pendejada de Amor y Amistad, estuve sentada en el extremo de una banca en la entrada del centro comercial La Plazuela. No tenía idea de qué fecha era. Veía las cajas de chocolates y las flores en todos lados, notaba cierta felicidad, una emoción inusual en las personas, pero no me había detenido a pensar en ello.

Estaba de mal genio, no pude hacer una diligencia, y unos minutos antes, la persona que me recogería en ese lugar, había sido grosera conmigo.
Me puse los audífonos del celular y esperé.

Un hombre que aparentaba unos cincuenta años, de gesto amigable, gordo, de gorra azul y bigote blanco; vestido con una camiseta blanca gastada por el uso, y un bluejean, se sentó en el otro extremo. No le determiné. Solo lo vi con detalle cuando noté que se aproximaba la moto verde que esperaba.

El hombre, al ver que me levantaba, bebió un pequeño sorbo del agua aromática que llevaba en un vasito plástico, me miró sonriente y dijo asintiendo: ‘Feliz día’

Sonreí instantáneamente, me sentí feliz: ‘Estas cosas no pasan todos los días’, dije para mis adentros.

-¡Gracias! le contesté sorprendida y alegre, pero dos pasos más adelante, cuando dejé de mirarlo, cambié mi gesto nuevamente.

Unas horas más tarde, al ver el calendario en la cocina de mi casa, comprendí que se trataba de la fecha, pero preferí seguir creyendo que ese hombre había sido amable porque si. Uno nunca sabe, en su generación las personas eran más ‘persona’ que ahora, no sé si me hago entender. 
-Por lo menos no dijo nada morboso sobre el encaje de mi blusa-

Ese detalle me hizo pensar, que la esencia del día comercial del Amor y la Amistad, puede que no sea, en el fondo, una completa pendejada.



Fin del comunicado.

lunes, 12 de agosto de 2013

Lo que ve una Mirona

Tengo la costumbre de mirar fijamente a las personas en la calle. No sé qué es lo que pasa. Desde la ventana del Microbus, desde la parrilla de la moto de Juan Diego, o sentada en cualquier sitio, siempre miro de lejos a las personas mientras hacen sus actividades diarias.Detesto cuando notan que las miro. Rápidamente debo ver en otra dirección, y privarme de descubrir qué pasará después.

Alguna vez me quedé viendo a un joven sparring. Cuando notó que lo espiaba, su rostro se tornó seductor, y lanzó un beso morboso hasta la ventana de la buseta donde yo me encontraba. Pensó que me gustaba. Desde ese día procuro no mirar hombres de ese perfil, pero es inevitable ¡Su comportamiento es tan fascinante para mí!

Me encanta descubrir a los hombres cuando no pueden dejar pasar un gran trasero y un buen par de tetas, sin mirar. Eso es seguro. Los más maduros se recuestan en una pared junto a un tuchín a tomar tinto, con el Q’hubo bajo el brazo, y la barriga cervecera echada hacia adelante, con orgullo.

La mujer pencúa pasa frente a ellos, y a partir de ahí todo sucede en cámara lenta. El hombre  suspende la charla con el tuchín. Abre bien los ojos y gira gradualmente su cabeza con mucha concentración, siguiendo las jugosas nalgas. Los hombres más atrevidos dicen algo asqueroso a la mujer, otros continúan mirando hasta que el movimiento de las dos porciones carnosas, da vuelta a la esquina o hasta que el cuello se los permita.

He visto ese acto tantas veces, y me sigue pareciendo tan cautivante ver cómo ellos “admiran la voluptuosidad femenina” cuando la ven. A mí no me ha pasado, no tengo la facultad de desnucar hombres en la calle: soy una mujer menuda. Mi vecina de diez años tiene más tetas que yo. Camino tranquila la mayoría del tiempo.

Otros hombres, al ver una mujer atractiva, no necesariamente pencúa, entonan a viva voz en la calle, la letra de algún vallenato de antaño dedicado a mujeres. Algo así como:
Nací para quererte mi vida
Nací para cantarte mi amor
Nací para quererte mi vida
Nací para adorarte mi amor
De: Amilkar Ariza Jr.

Y sucede que las damas fingen demencia. No he visto a la primera que ponga atención. A veces se sonríen con burla, y continúan caminando con más estilo del que traían antes de ser serenateadas. Les sube el ego, pero se estiran y fingen que no.


Las féminas también son graciosas, no solo por eso, sino por su actitud de cortejo durante la adolescencia. Es sensacional observar la risita y el movimiento pendejo de una jovencita frente a un prospecto fuera del colegio, pero esa es otra historia. Yo seguiré por ahí de mirona, quizá reciba un beso de un vendedor de mandarinas, o la picada de ojo de uno de minutos. Quién sabe.

domingo, 30 de junio de 2013

La Vía Oscura Hacia mi Casa

La mayoría de las personas se encontraban aglomeradas en la plaza principal de Turbaco, tomando alcohol y bailando en medio del fandango en honor a San Pedro y San Pablo. En las afueras del municipio, donde yo vivo, estaba silencioso, se escuchaba de vez en cuando el ruido de los automóviles ir o venir por la vía húmeda. Hace un rato había caído sereno.

Regresaba de la plaza en un bus del recorrido Turbaco-Cartagena, con una arepa de huevo colgando de mi mano en una bolsa azul. El bus me dejó en la avenida, al otro lado de la calle, y tuve que cruzar la doble calzada. Mientras lo hacía, me percaté que no llevaba nada en mis bolsillos. Solo tenía una bolita de servilleta sucia de grasa, y un celular SAMSUNG que me costó $55.000 hace dos años.

Me detuve en la llamada esquina de “Los Nísperos”-por un estadero ubicado allí- y sólo vi un mototaxista desconocido. La situación era grave. Eran las diez de la noche, y la distancia hasta mi casa era de un kilómetro. Me dispuse a caminar, todavía revisando mis bolsillos por si acaso.

La carretera era oscura y solitaria. Algunas veces se iluminaba con los postes de luz, pero la claridad se extendía solo un par de metros en el suelo entre considerables distancias de oscuridad, lo que me hacía andar más rápido. 

A lado y lado de la vía, las grandes casas vacías, de historias de mafiosos que no sé si son ciertas, en las que jamás he entrado, y veo todos los días, hacían el paisaje más desolador. Caminaba muy rápido, estaba nerviosa. Sentía cómo se helaban mis antebrazos y mis dedos. Tenía la esperanza de que algún conocido apareciera y me acompañara.

Un hombre que aparentaba cuarenta años caminaba en sentido contrario, me alivié un poco. No estaba herido. Parecía que iba a trabajar. No podía pasarme algo a mí, pensé.

A mitad de camino, después de pasar algunas vallas publicitarias de un condominio, un motociclista bajó la velocidad y anduvo a mi ritmo, un poco más adelante que yo. Antes de ver su rostro, me alegré, tenía la esperanza de que fuera un amigo. Ocurrió lo contrario.
-“¿Te llevo?”
-“No”, Contesté por inercia. Me esforzaba por ver bien su rostro.
-“¿Tu no vas por la calle de Silvia?” Dijo con una Sonrisa expectante.
Era un muchacho delgado, de cabello rizado y corto, como engominado. De piel negra, solo veía sus ojos y su dentadura brillante.
-“No, no conozco a Silvia”. Fui cortante.
Me bembeó, dejó de insistir y aceleró. Suspiré profundo y aceleré yo también.

Pasé por un gran lote junto a una casa donde los propietarios se mecían en la terraza.- ¿Cómo es que pueden vivir allí? ¿No les da miedo un atraco, la aparición de un desquiciado en medio de tanta oscuridad? Pensaba.

Del lote sobresalía un árbol enorme que extendía sus ramas hasta el otro lado de la vía. Un aguacero con fuertes vientos hace dos semanas dejó muchas ramas sobre el camino, taponando uno de los carriles. La maleza del terreno me igualaba en altura, lo cual hacía este tramo el más oscuro e indeseado para mí en toda la carretera. Ni siquiera se veía la luna. 

Casi corrí mientras tenía ese lote diabólico a mi lado. Temía que apareciera una serpiente, o una persona con intención de robar –no conseguiría más que una arepa tibia y un celularcito- o violarme como los asesinos seriales de CSI.

Una vez salí de esos matorrales, todo seguía en calma. Nada me pasó. Llegué invicta al sector de las piscinas públicas. Ocho años atrás me bañé en una de ellas, y me aparecieron manchas blancas en la frente. Nunca regresé.

Avancé con más calma, ya podía escuchar el ruido de la televisión en una tienda cerca de mi casa. Escuchaba voces, ladridos, música, motocicletas. Entré a mi barrio y gradualmente dejé de sentir frío en mis brazos y mis dedos. Intenté serenarme, quise llegar a mi casa como si no hubiese estado asustada, como quien llega de la universidad, o de la casa de una amiga.

Balanceé la bolsa en mi mano al ritmo de mis pasos. Caminaba con tanto entusiasmo, que dejé caer la arepa que llevaba para mi mamá. Se salió de la bolsa y cayó en el asfalto. La recogí, y la dejé cerca de un perro flaco con ojos tristes que se acercó a olfatear. Lo saludé, y me alejé para que el animal se acercara con confianza.


En casa mi madre no me preguntó por qué llegué a pie, y no en moto. Pero sí preguntó por su arepa. Dije que yo la había comido, se indignó. Sin embargo, la historia del perrito triste le habría indignado más. Tuve que salir a comprarle otra cosa, y esta vez me aseguré, de echar dinero suficiente en mis bolsillos.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una Ablutómana en el baño

Salió del salón de conferencias. El aire acondicionado y el frío natural del invierno, le hacían sentir ganas constantes de ir a orinar. Le molestaba demasiado tener que ir tantas veces al baño.
Cuando llegó, estaba vacío. Con toda la confianza se detuvo unos segundos frente al espejo de medio cuerpo que estaba a su derecha.  Había tres lavamanos. Se acercó al primero en el extremo izquierdo del tocador, e inició su rito secreto para el lavado de manos.


Oprimió tres veces el dispensador de jabón con su mano derecha, y restregó ambas manos con fuerza. Luego, dejó su mano izquierda con la palma mirando hacia su cuerpo, a la altura de su pecho, como un cirujano de la ficción cuando se lava, y la apretó con su mano derecha. Le restregó de arriba a abajo con energía diez veces. Rápidamente, cambió de mano e hizo lo mismo.


Después, entrelazó los dedos de ambas manos, y restregó fuertemente, poniendo cuidado de limpiar cada espacio entre sus dedos. Enseguida, limpió debajo de cada uña. Finalmente, se enjugó moviendo sus manos con prudencia, pues no quería tocar el caño de agua. Eso, como ya había pasado otras veces, la obligaría a repetir el proceso de lavar sus manos, lo cual le tomaba varios minutos, y le desesperaba. Era una mujer muy impaciente.


Mientras lo hacía, observaba su rostro en el espejo. El frío la hacía lucir más pálida que de costumbre. En el momento que dejó de sentir la espumosidad del jabón, giró con la punta del dedo pulgar e índice la llave del lavamanos para detener la salida de agua. Sacudió sus manos.  Vio un dispensador de toallas de papel junto a la entrada, y retrocedió unos pasos. Adoraba los baños que tenían dispensador.


Detestaba tener que quedarse de pie frente a un aparato eléctrico, y esperar unos minutos a que el aire caliente secara sus manos o las quemara. Era una pérdida total de tiempo, además de algo anti higiénico. Jamás presionaría el botón que tienen algunas de esas máquinas después de haber lavado sus manos. Se secó y arrojó la bola de papel a la basura.


Regresó al fondo del baño, donde había seis sanitarios en dos filas de tres, una frente a otra, separadas por un pequeño pasillo. Se inclinó por los sanitarios a su izquierda. Lanzó una mirada dentro del primer cubículo. No quiso entrar. La tapa del sanitario estaba abajo, y la sola idea de tener que levantarla, le daba asco. Ya había lavado sus manos.


Echó un vistazo al segundo cubículo. La tapa estaba arriba, el borde del sanitario no estaba pringado de otras orinas, y el suelo tampoco. Había papel higiénico. Perfecto. Entró y cerró la puerta tratando de tocarla lo menos posible. Desenrolló medio metro de papel higiénico, y lo acomodó todo sobre el borde del sanitario. Dio media vuelta, desabrochó su cinturón, y bajó su pantalón y ropa interior. Se sentó con tranquilidad. No se escuchaba ningún ruido aparte del que hacía su orina al caer.


Tuvo que detenerse. Escuchó la puerta del baño abrirse, y unos tacones acercarse. En esas condiciones no podía seguir. Sintió el portazo en el cubículo de al lado. Se indignó. ‘¿Por qué se hace al lado del cubículo que está ocupado? Había otros desocupados lejos de este’. Tuvo que esperar a que su vecina terminara para poder continuar. Miró la puerta frente a ella, y leyó: ‘Tire la basura en la papelera, no en el sanitario’. Luego miró el suelo y sus manos. Estaban peladas.


Al rato de mirar con detalle todo lo que le rodeaba, la mujer de al lado se fue. Escuchó el ruido de la descarga de agua en el sanitario, la puerta del cubículo abrirse, los tacones; el agua en el lavamanos, y la puerta del baño cerrarse. Se calmó. Algo dentro de ella no la dejaba continuar si sabía que alguien podría descubrir cualquiera de sus costumbres, o escucharla orinar, como cualquier persona.


Terminó tranquila. Salió del cubículo dispuesta a lavarse las manos nuevamente. Cuando llegó al tocador, otra mujer entró a retocarse el maquillaje. No pudo lavarse como hubiese querido. Oprimió tres veces el dispensador de jabón, se restregó como cualquier persona y enjugó sus manos. De camino a la puerta, tomó la toalla de papel y salió. Se secó en el camino mientras maldecía a aquella mujer. Botó los restos de papel antes de entrar al auditorio.

Acarició su cabello con ansiedad. Se sentó nuevamente para escuchar la conferencia, pero no pudo concentrarse. Solo pensaba que debía regresar al baño a lavarse nuevamente, pero bien.