domingo, 12 de julio de 2015

El Colectivo de Wilmar

Wilmar nos hacía el favor a Ricardo y a mí, de llevarnos a buscar en su carro una torta del FC Barcelona que mandamos a hacer en el barrio San Pedro, cerca de la bomba El Amparo. 

Una estrategia impecable para evitar que le pasara algo a la torta en una buseta de Ternera Villagrande, o que yo misma la dejara caer, ya que, bueno, usualmente dejo caer las cosas. Por ello, Ricardo llevaría el pudín, y yo, no estaba de sapa, pues era la única que sabía la dirección. 

Emprendimos la misión al medio día, cruzando toda la Av. Pedro de Heredia, con el clima y trancones característicos de las horas pico. Wilmi y Riqui, como les digo a cada uno, de 26 y 32 años respectivamente, conversaban mientras yo los escuchaba. 


Sentada detrás de Ricardo, veía los gestos de Wilmar, quien una vez, ante mi cansancio físico decidió hablarme en tono comprensivo, poniéndome la mano en el hombro:

Óyeme bien Steffy, dijo mientras apuntaba con el dedo índice de la otra mano hacia el techo. Dicen los científicos, que las personas son dieciséis veces más felices cuando hacen bien sus ejercicios “personales”, al contrario de aquellos que tienen una mala técnica. Seguramente no los has hecho bien, porque esa clase de ejercicios siempre lo dejan a uno con un cansancio satisfactorio. 

¿Y Quién hizo esos estudios?, pregunté incrédula. El científico Wilmar, contestó haciendo un gesto de importancia. Yo te hablo cosas profesionales, Steffy, por favor. 

Un tipo ingenioso.


En el semáforo de la Clínica Crecer, Wilmi bajó el vidrio de la ventana con ímpetu y asomó la cabeza, oprimiendo con fuerza el pito del auto: 

¡Ay papi!, dijo haciendo una pausa mientras avanzaba lentamente, ¡te traigo el escritorio!, sentenció alejándose, sin quitarle la mirada a un hombre, al parecer mensajero, que revisaba papeles en el separador de las vías, sobre su moto grande, de esas que parecen un toro.

Yo no sé a esos manes qué les pasa… Se ponen ahí en toda la mitá y pretenden que uno pase por ahí, decía con indignación mientras subía el vidrio de la ventana. 

Apenas dejábamos de reír, cuando llegamos al sector de las disco-bar entre Los Ejecutivos y La Castellana. 

Wilmar detuvo el auto, yo no entendía un carajo. Vi tres mujeres de pie en el andén, parecían estar esperando una buseta. Una de las chicas era más piernona que las otras, vestía un mocho de jean apretado y una blusa morada de tiritas, tenía el cabello liso, negro, y suelto. 

Estaba a punto de reclamar por qué nos habíamos detenido, hasta que vi a Wilmar inclinarse hacia el puesto de Ricardo y bajar el vidrio de la ventana del copiloto. Se quedó quieto durante tres segundos, con la boca ligeramente abierta, y la mano puesta sobre la palanca de los cambios del carro. Yo también me quedé quieta, estática, en silencio, esperando ver qué hacía. 

Volvió en sí. 

“Colectivo, hasta la bomba El Amparo”, dijo calmadamente. Volví la mirada hacia la ventana, y la mujer lo miraba como un c*lo. Lo miré a él nuevamente, estaba bajando el vidrio, y moviendo los cambios para avanzar. 

La irritación por habernos detenido, me nubló mentalmente y no comprendí lo que había sucedido. Así que, con la ingenuidad que me caracteriza, pregunté: 
-Oye, ¿por qué les estabas ofreciendo colectivo?, ¿de qué se ríen los dos? La muchacha se emputó, ¿por qué? No obtuve respuesta. 

Me quedé viendo lejos un momento, y comprendí todo como una revelación divina, como una epifanía. Empecé a hablar un tanto exaltada: ¡¿Wilmar detuviste el carro solo para mirar a la muchacha?! ¡¿Por qué hiciste eso?! ¿¡No podías mirar disimuladamente!? ¡No lo puedo creer! 

No podía callarme, no presenciaba algo como eso desde cuando salía con mi papá en el carro durante mi infancia. Wilmar no paraba de reír, y Ricardo tampoco. 


De ahí al barrio San Pedro no demoramos nada. Ricardo llevó la torta de camino al auto, y luego yo la llevé en mis piernas, no se me cayó.  Al cumpleañero le gustó.

Imaginen lo boquiabierta que quedé, todo pasó hace un mes, y todavía sigo pensando en ello.

domingo, 24 de mayo de 2015

El crédito para esa zona de comidas


La gente no me cree un comino. “Cómo vas a estudiar ahí Steffy, seguro pasas levantando la cabeza, a uno le cae la miradera, no se puede leer ahí”, dicen algunos en tono incrédulo. Pero, qué va, cada quien tiene sus métodos, ¡a mí me ha funcionado!, por eso lo hago.

Este jueves que pasó, después de salir de la oficina a las seis de la tarde, inicié mi ritual vespertino pre-lectura. Compré un granizado de café con cruasán -gano puntos por eso, y es una tontería de esas que lo hacen a uno feliz-, e inserté el pitillo en el vaso de plástico mientras caminaba a la zona de comidas del centro comercial. 

Busqué la esquina más alejada de las personas, y lejos de las salidas de aire acondicionado. Descargué el morral pesado en una silla, saqué el portátil y lo coloqué sobre la mesa. Terminé de comer y lo encendí. 

Estuve concentrada leyendo hasta las nueve y media. Tres carajos, o sea, tres niños, decidieron jugar a las persecuciones violentas al lado mío. Levanté la mirada, eran dos niños como de seis años, y una nena menor que ellos, como de cuatro. No le ponían atención, pero corría siempre detrás. 

Uno de los niños tenía puesta una camiseta amarilla de la Selección Colombia. No sé qué ocurre con ellos cuando usan una camiseta de la Selección, les aumenta el Ki, o el Fuá, ¡algo les pasa!, las veces que mi hijo de dos años usa la suya, su energía se multiplica, el cabello se le aplaca con el sudor. Es impresionante. 

El tema es, que lograron sacarme del aura mágica de concentración. Miré por todo el lugar, buscando adultos a cargo de los niños. A esa hora la zona de comidas está casi vacía, el panorama es desolador, como de película de Hollywood sobre el fin del mundo, las personas siempre sobreviven escondidas en edificios, laboratorios o bibliotecas.

Es muy solitario, el personal del centro comercial acomoda las sillas, y los empleados de los locales de comida hacen el arqueo de caja. 

Allá, al otro lado del lugar, tres mujeres reían a carcajadas mientras se atragantaban con hamburguesas de McDonald´s. Alcancé a ver las cajitas rojas con amarillo. Los carajos iban corriendo hacia las mujeres, y regresaban masticando un bocado, esquivando sillas como esquivar carros en el semáforo del SAO, para venir a joder al lado mío. No-jo-da.

Resignada, los seguí con la mirada. Los dos niños mayores estaban frente a frente, los separaban un par de sillas, una junto a otra. Se miraban a los ojos en una actitud desafiante, esperando que uno de los dos se moviera primero. Finalmente uno echó a correr. En menos de un segundo, el otro, el que llevaba la camiseta de la Selección Colombia, separó las dos sillas, apoyó las manos en los espaldares de cada una, y se impulsó para saltar entre las dos. Era un gran Power Ranger.

Se alejaron de nuevo.

De todos modos ya es tarde, pensé. El portátil se había bloqueado, Caminé alrededor de la mesa acariciando mi cabeza para relajarme, además no había nadie viéndome.

Reflexioné sobre los brasieres, sobre la buseta a la que iba a subir, Periodismo Cultural, y una nueva posible estrategia para estudiar. Rayos.

Mi abuela sugirió, un par de días después, que intente en casa, que después de jugar con mi hijo un rato, le explique que debo estudiar. Tiene sentido, lo intentaré cuando gane el tercer corte, es una vaina complicada.     

Mientras tanto, para los otros que no me creen un comino, gané el segundo corte estudiando allí. Ese rincón de la zona de comidas merece respeto, y los niñitos Power Rangers son un caso aislado.