El sábado 14, el día de la pendejada de Amor y Amistad, estuve sentada en el extremo de una banca en la entrada del centro comercial La Plazuela. No tenía idea de qué fecha era. Veía las cajas de chocolates y las flores en todos lados, notaba cierta felicidad, una emoción inusual en las personas, pero no me había detenido a pensar en ello.
Estaba de mal genio, no pude hacer una diligencia, y unos minutos antes, la persona que me recogería en ese lugar, había sido grosera conmigo.
Me puse los audífonos del celular y esperé.
Un hombre que aparentaba unos cincuenta años, de gesto amigable, gordo, de gorra azul y bigote blanco; vestido con una camiseta blanca gastada por el uso, y un bluejean, se sentó en el otro extremo. No le determiné. Solo lo vi con detalle cuando noté que se aproximaba la moto verde que esperaba.
El hombre, al ver que me levantaba, bebió un pequeño sorbo del agua aromática que llevaba en un vasito plástico, me miró sonriente y dijo asintiendo: ‘Feliz día’
Sonreí instantáneamente, me sentí feliz: ‘Estas cosas no pasan todos los días’, dije para mis adentros.
-¡Gracias! le contesté sorprendida y alegre, pero dos pasos más adelante, cuando dejé de mirarlo, cambié mi gesto nuevamente.
Unas horas más tarde, al ver el calendario en la cocina de mi casa, comprendí que se trataba de la fecha, pero preferí seguir creyendo que ese hombre había sido amable porque si. Uno nunca sabe, en su generación las personas eran más ‘persona’ que ahora, no sé si me hago entender.
-Por lo menos no dijo nada morboso sobre el encaje de mi blusa-
Ese detalle me hizo pensar, que la esencia del día comercial del Amor y la Amistad, puede que no sea, en el fondo, una completa pendejada.
Fin del comunicado.