Tengo la costumbre de mirar fijamente a las personas en la
calle. No sé qué es lo que pasa. Desde la ventana del Microbus, desde la
parrilla de la moto de Juan Diego, o sentada en cualquier sitio, siempre miro
de lejos a las personas mientras hacen sus actividades diarias.Detesto cuando notan que las miro. Rápidamente debo ver en
otra dirección, y privarme de descubrir qué pasará después.
Alguna vez me quedé viendo a un joven sparring. Cuando notó
que lo espiaba, su rostro se tornó seductor, y lanzó un beso morboso hasta la
ventana de la buseta donde yo me encontraba. Pensó que me gustaba. Desde ese
día procuro no mirar hombres de ese perfil, pero es inevitable ¡Su
comportamiento es tan fascinante para mí!
Me encanta descubrir a los hombres cuando no pueden dejar
pasar un gran trasero y un buen par de tetas, sin mirar. Eso es seguro. Los más
maduros se recuestan en una pared junto a un tuchín a tomar tinto, con el Q’hubo
bajo el brazo, y la barriga cervecera echada hacia adelante, con orgullo.
La mujer pencúa pasa
frente a ellos, y a partir de ahí todo sucede en cámara lenta. El hombre suspende la charla con el tuchín. Abre bien
los ojos y gira gradualmente su cabeza con mucha concentración, siguiendo las
jugosas nalgas. Los hombres más atrevidos dicen algo asqueroso a la mujer,
otros continúan mirando hasta que el movimiento de las dos porciones carnosas, da
vuelta a la esquina o hasta que el cuello se los permita.
He visto ese acto tantas veces, y me sigue pareciendo tan cautivante
ver cómo ellos “admiran la voluptuosidad femenina” cuando la ven. A mí no me ha
pasado, no tengo la facultad de desnucar hombres en la calle: soy una mujer
menuda. Mi vecina de diez años tiene más tetas que yo. Camino tranquila la
mayoría del tiempo.
Otros hombres, al ver una mujer atractiva, no necesariamente
pencúa, entonan a viva voz en la
calle, la letra de algún vallenato de antaño dedicado a mujeres. Algo así como:
Nací para
quererte mi vida
Nací para
quererte mi vida
Nací para
adorarte mi amor
De: Amilkar Ariza Jr.
Y sucede que las damas fingen demencia. No he
visto a la primera que ponga atención. A veces se sonríen con burla, y
continúan caminando con más estilo del que traían antes de ser serenateadas. Les sube el ego, pero se
estiran y fingen que no.
Las féminas también son graciosas, no solo por
eso, sino por su actitud de cortejo durante la adolescencia. Es sensacional observar
la risita y el movimiento pendejo de una jovencita frente a un prospecto fuera
del colegio, pero esa es otra historia.
Yo seguiré por ahí de mirona, quizá reciba un beso de un vendedor de mandarinas,
o la picada de ojo de uno de minutos. Quién sabe.
