domingo, 26 de mayo de 2013

Una Ablutómana en el baño

Salió del salón de conferencias. El aire acondicionado y el frío natural del invierno, le hacían sentir ganas constantes de ir a orinar. Le molestaba demasiado tener que ir tantas veces al baño.
Cuando llegó, estaba vacío. Con toda la confianza se detuvo unos segundos frente al espejo de medio cuerpo que estaba a su derecha.  Había tres lavamanos. Se acercó al primero en el extremo izquierdo del tocador, e inició su rito secreto para el lavado de manos.


Oprimió tres veces el dispensador de jabón con su mano derecha, y restregó ambas manos con fuerza. Luego, dejó su mano izquierda con la palma mirando hacia su cuerpo, a la altura de su pecho, como un cirujano de la ficción cuando se lava, y la apretó con su mano derecha. Le restregó de arriba a abajo con energía diez veces. Rápidamente, cambió de mano e hizo lo mismo.


Después, entrelazó los dedos de ambas manos, y restregó fuertemente, poniendo cuidado de limpiar cada espacio entre sus dedos. Enseguida, limpió debajo de cada uña. Finalmente, se enjugó moviendo sus manos con prudencia, pues no quería tocar el caño de agua. Eso, como ya había pasado otras veces, la obligaría a repetir el proceso de lavar sus manos, lo cual le tomaba varios minutos, y le desesperaba. Era una mujer muy impaciente.


Mientras lo hacía, observaba su rostro en el espejo. El frío la hacía lucir más pálida que de costumbre. En el momento que dejó de sentir la espumosidad del jabón, giró con la punta del dedo pulgar e índice la llave del lavamanos para detener la salida de agua. Sacudió sus manos.  Vio un dispensador de toallas de papel junto a la entrada, y retrocedió unos pasos. Adoraba los baños que tenían dispensador.


Detestaba tener que quedarse de pie frente a un aparato eléctrico, y esperar unos minutos a que el aire caliente secara sus manos o las quemara. Era una pérdida total de tiempo, además de algo anti higiénico. Jamás presionaría el botón que tienen algunas de esas máquinas después de haber lavado sus manos. Se secó y arrojó la bola de papel a la basura.


Regresó al fondo del baño, donde había seis sanitarios en dos filas de tres, una frente a otra, separadas por un pequeño pasillo. Se inclinó por los sanitarios a su izquierda. Lanzó una mirada dentro del primer cubículo. No quiso entrar. La tapa del sanitario estaba abajo, y la sola idea de tener que levantarla, le daba asco. Ya había lavado sus manos.


Echó un vistazo al segundo cubículo. La tapa estaba arriba, el borde del sanitario no estaba pringado de otras orinas, y el suelo tampoco. Había papel higiénico. Perfecto. Entró y cerró la puerta tratando de tocarla lo menos posible. Desenrolló medio metro de papel higiénico, y lo acomodó todo sobre el borde del sanitario. Dio media vuelta, desabrochó su cinturón, y bajó su pantalón y ropa interior. Se sentó con tranquilidad. No se escuchaba ningún ruido aparte del que hacía su orina al caer.


Tuvo que detenerse. Escuchó la puerta del baño abrirse, y unos tacones acercarse. En esas condiciones no podía seguir. Sintió el portazo en el cubículo de al lado. Se indignó. ‘¿Por qué se hace al lado del cubículo que está ocupado? Había otros desocupados lejos de este’. Tuvo que esperar a que su vecina terminara para poder continuar. Miró la puerta frente a ella, y leyó: ‘Tire la basura en la papelera, no en el sanitario’. Luego miró el suelo y sus manos. Estaban peladas.


Al rato de mirar con detalle todo lo que le rodeaba, la mujer de al lado se fue. Escuchó el ruido de la descarga de agua en el sanitario, la puerta del cubículo abrirse, los tacones; el agua en el lavamanos, y la puerta del baño cerrarse. Se calmó. Algo dentro de ella no la dejaba continuar si sabía que alguien podría descubrir cualquiera de sus costumbres, o escucharla orinar, como cualquier persona.


Terminó tranquila. Salió del cubículo dispuesta a lavarse las manos nuevamente. Cuando llegó al tocador, otra mujer entró a retocarse el maquillaje. No pudo lavarse como hubiese querido. Oprimió tres veces el dispensador de jabón, se restregó como cualquier persona y enjugó sus manos. De camino a la puerta, tomó la toalla de papel y salió. Se secó en el camino mientras maldecía a aquella mujer. Botó los restos de papel antes de entrar al auditorio.

Acarició su cabello con ansiedad. Se sentó nuevamente para escuchar la conferencia, pero no pudo concentrarse. Solo pensaba que debía regresar al baño a lavarse nuevamente, pero bien.